Domingo de Ramos

Ilustre y Venerable Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Ntro. Padre Jesús de las Penas y María Stma. de la Esperanza

Domingo de Ramos

Son las cinco de la tarde. Decenas de hombres, mujeres y niños, revestidos de impaciencia, acuden desde los cuatro puntos cardinales de la ciudad de la Mezquita al encuentro señalado. En el interior del templo se respira una extraña mezcla de nerviosismo y emoción. El murmullo del gentío atraviesa los gruesos muros de un templo donde el constante trasiego de nazarenos, costaleros y mantillas hace más llevadera la espera interminable. Finalmente, después de un largo año de espera, se abren las puertas para que la "Hermandad de los Gitanos" haga, por fin, su Estación de Penitencia.

Tras la Cruz de Guía parejas de nazarenos blanquiverdes se suceden una tras otra por el viejo portón hasta que el hiriente toque decorneta anuncia la salida inminente de Ntro. Padre Jesús de las Penas. Despacio, muy despacio, como si flotara, el "Gitano de piel de bronce" abandona el cancel andresino para derramar, por fin, su Gracia en San Andrés. El sol, espectador de lujo, acude una vez más a la cita y acaricia con calida candidez la tez morena del Señor de las Penas mientras "sones de pasión" se elevan hasta el cielo para anunciar al mundo que "er Manué" ya está en la calle. Una, dos, tres y hasta cuatro marchas lo alejan con paso "calé", calle San Pablo arriba.

Mientras, atrás, tres golpes secos y rotundos se escapan desde el interior del templo. Las roncas voces del capataz y un leve sonido de campanillas callan una plaza que anhela ver la belleza aniñada de María. De repente, como un milagro, entre un mar de capirotes verdes y al golpe acompasado de la media altura, la belleza gitana de Mª Stma de la Esperanza irrumpe entronizada en un palio que tuvo que ser calado para que la luna pudiera verla. Y parece que es la luna la que rocía esa lluvia de pétalos de rosa con la que la Esperanza cordobesa inicia su camino en la tarde-noche del Domingo de Ramos.

Para entonces, el Cortejo de la "Hermandad de los Gitanos" alcanza ya la Carrera Oficial y asciende, lenta pero irremisiblemente, por la calle Claudio Marcelo para que Ntro. Padre Jesús de las Penas entre en la Plaza de las Tendillas y cumpla con el rito oficial ante las autoridades religiosas, civiles y militares de la ciudad. Tras él lo hará también Mª Stma. de la Esperanza que, con su andar característico, contrapunto de la majestuosidad serena del Señor, se encaminará rápidamente hacía la calle San álvaro donde su Hijo avanza inexorablemente hacía esos dos giros eternos que cada año regala al pueblo de Córdoba.

Efectivamente, tras la iglesia de San Miguel todo es oscuridad. Ntro. Padre Jesús de las Penas, abrazado sólo por la tenue luz de su candelería arbórea, aparece en la estrechez de San Zoilo entre una nube de incienso. La gente, callada, apiñada en los escasos resquicios que permite la calle, contiene la respiración mientras " Er Manué" gira, centímetro a centímetro, ofreciendo a todos ese perfil gitano que enmudece, que conquista, que enamora. Es uno de esos momentos que quedan grabados de forma indeleble en la memoria: "Olor a incienso, sonido de castañuela, contraluz gitano".

Siguiendo su estela, Mª Stma. de la Esperanza lo sigue por Conde de Torres Cabrera hasta la Plaza de las Doblas. Allí, el cortejo de la "Hermandad de los Gitanos" se ralentiza, se serena, se llena de quietud en busca de la calma de esa hermosa plaza de nuestra Córdoba milenaria.

La llegada del primer paso a la Plaza de Capuchinos es uno de esos momentos mágicos que esconde la tarde del Domingo de Ramos.

La cruz de guía, detenida junto al pétreo Cristo de los Faroles, enmudece a un público que presagia momentos de emotividad serena, silenciosa, cordobesa. Los nazarenos avanzan despacio sobre los guijarros del empedrado capuchino hasta que Ntro. Padre Jesús de las Penas, con misteriosa cadencia costalera, alcanza esa intersección imaginaria que forma con la Clemencia  la Humildad y Paciencia y la Sangre de Dios. Sobre la imperfecta blancura de San Jacinto, se refleja la alegórica superposición de imágenes, como si de un cuadro de Julio Romero se tratara, de Jesús cargando con la cruz, custodiado por romanos, observado por un sanedrita y dos esclavos, con la del anunciado final de Jesús crucificado, coronado y rodeado de faroles de metal.

Entre los acordes de la Banda, el paso enfoca el camino del Bailío donde su Madre, luciendo todo su esplendor, será recibida por una multitud expectante. María Stma. de la Esperanza, con su belleza juvenil y gitana, se perfila para bajar la Cuesta del Bailio. Enclaustrada en su precioso paso de rica labranza plateado, entre los sones de "Esperanza de Triana Coronada", la Virgen comienza a bajar unos escalones que parecen más llanos que nunca gracias al milagro costalero que anualmente nos regala su cuadrilla. Ensalzada por el tiempo y cubierta de oropeles verdes, medianéa la Cuesta entre los compases de "Campanilleros" y la gloria acampanillada de su palio. Acompasada por las notas de la marcha a la que da nombre, "Esperanza cordobesa", la Virgen "Gitana" culminará esa cuesta siendo, como no, Esperanza cordobesa de un gentío que la sigue "tras su manto verde".

Mientras tanto, en el silencio de la noche, pasada ya la calle Alfaros, se escucha el tenue llanto de una mujer. Una anciana, escondida tras la cortina de una ventana enrejada, llora de alegría al ver de nuevo en su casa, como si no hubiera pasado el tiempo, a su "Gitano" de piel morena. el Señor se acerca al barrio que lo vio nacer. Ha dejado ya atrás la estrechez de Conde de Priego y se encamina, escoltado por hileras de cirios iluminados, hacia Santa Marina, el barrio de los piconeros, el barrio de los toreros, su barrio. Enfrentado a la bella fachada fernandina, rodeado por su gente, Ntro. Padre Jesús de las Penas comienza a girar muy despacio buscando nostálgicamente esa puerta desde la que tantas veces iniciara su camino por las calles de Córdoba. buscando su propia historia, su cuna, sus raíces.

Unas raíces con las que su Mª Stma. de la Esperanza se abrazará cuando pase, instantes después, por el viejo portalón del Convento de Santa Isabel de los Ángeles. Allí, junto a la bendita morada que cobijara su salida durante casi treinta años, junto a este testigo mudo del vínculo inquebrantable entre la Hermandad y su barrio, se oirá, año tras año, al patero de "La Gitana" responder a la llamada de un Capataz: ...Eres Madre y Esperanza

Así, superando un año más la historia, la nostalgia y el recuerdo, el cortejo de la "Esperanza de Santa Marina" continua su camino hacía los límites del que es, desde hace treinta años, su nuevo barrio adoptivo. Alcanza así Ntro. Padre Jesús de las Penas la intersección de las calles Juan Rufo y Enrique Redel, lugar entrañable donde en otros tiempos recibiera el regalo de la plegaria encendida, el obsequio de la oración ardiente de uno de sus "gitanos" viejos, Fernando, que año tras año quemaba con romero serrano una ofrenda de amor prendida de luz. Desde allí, desde ese palco de lujo que tenía por balcón, nuestro querido "Juanito" era, y es, testigo de excepción. Desde allí contempla con especial ternura la piel morena de sus "Niños", el inconfundible perfil del Hijo de Dios que él tallara años después de efigiar la belleza aniñada de su Madre.

Pero su Madre, Mª Stma. de la Esperanza, desea volver a la estrechez de la calle, a esa calle íntima de luz tenue y silencio encalado donde el dialogo con sus hijos es sincero y puro, y continua su camino por la calle Hnos. López Diéguez para, entre chicotás de lujo, las últimas ya, llegar de nuevo a su morada. a su casa, a esa Plaza de San Andrés en donde su Hijo la espera para, dentro de un año, volver a salir a la calle el Domingo de Ramos... Domingo de Penas y Esperanza.